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Un Chamán Tibetano
Por el Mtro. Guillermo Samperio

 

En uno de los libros del poeta francés André Velter viene la fotografía de un chamán tibetano. “La tomó mi esposa Marie-José Lamothe; el chamán es amigo nuestro. Por lo regular, ella y yo viajamos juntos al Tibet. Marie-José habla muy bien el tibetano y me apoya en las conversaciones; yo apenas lo entiendo”. Leí –le dije-- que habías subido a cinco mil cien metros al Himalaya. “De cuando se publicó el librito al que te refieres a este día son ya cinco mil seiscientos metros; pretendo alcanzar los seis mil –como esta plática se la grabé hace unos tres años, supongo que ya habrá alcanzado su meta--. En esa altura necesitas equipo de alpinismo profesional; es más complicado. Ha habido chamanes que han sobrepasado esa altura. La experiencia, en la cúspide de la montaña, ante aquel espacio abierto, la percepción es otra cosa”.

 

        Al referirme a los lugares donde nació y creció, hace la broma: “Nadie es perfecto: tuve que aparecer en algún sitio”. Le comento que su signo del zodiaco es de aire. André recuerda que Marie-José, su mujer, le ha dicho que él tiene el aire (“por eso eres distraído, desordenado, medio irresponsable”), pero que ella es de tierra; así, entre ambos crean un mundo. Dice que antes del ascenso a las gigantescas alturas, en la parte de hasta abajo, te encuentras una población donde una buena cantidad de brujos, chamanes, adivinos, hechiceros o magos, te ofrecen sus servicios; muchos de ellos son de pobre calidad y, a veces, es difícil encontrar un buen chamán. Rodean a los extranjeros, los importunan, lo mismo que los vendedores de artesanías y hasta baratijas. Lo mismo hay guías que te llevan en burro que en caballos, algunos famélicos. Es difícil abrirse paso entre turistas y pobladores

 

       “Yo, por lo regular, voy en mi caballo, pertrechado, ascendiendo a unos cinco mil cuatrocientos metros de altitud. A veces, el camino, que asciende por la orilla del precipicio, se hace delgado y hay que manejar con habilidad y fortaleza a la montura. El caballo sacude el cuello, fulmina por la nariz y dirige un ojo irritado a su amo. Tan mala la cabalgadura que no llega a la cima como el jinete que se apea en el descenso; un pacto de honor en las caravanas. Los precipicios resuenan con el choque de los cascos; el camino se torna en jirones azules y tierra sacudida. El caballo se encabrita contra el cielo. Yo sentía, en medida que ascendía más, la embriaguez en cada uno de mis huesos’.

 

         “Detengo mi cabalgadura; desmonto, bebo del cántaro. Me siento contra el muro de piedra de la cima; me acomodo el ala del sombrero y miro la inmensidad. Recuerdo que no en vano Marco Polo conquistó estas alturas, según indica en su libro de Las Maravillas. Empieza el momento más intenso de un sol vertical, violento. Su luz es directa, definitiva. La fusión de luz y paisaje hacen un gran fresco de transparencia. Como un rayo de luz suspendido, el sendero se eleva vertical. Abajo, en un horizonte casi curvo, se desliza el gran desierto. Sobre esa atmósfera clara, inquieta sólo por el viento, aparecen líneas, escenas, personajes, historias. Muchos creen que son alucinaciones, pero son ya la manifestación de la montaña sagrada, que en sus alturas bajas, de tres mil a cinco mil metros de altura, se manifiestan los mensajes divinos benéficos. Y todo ello se inmoviliza o danza y raramente se pierde. Uno puede llevarse en la memoria una gran cantidad de historias e imágenes del aire. Así, la anécdota del ermitaño que vivía en un pozo sin fin visible, suspendido de una escalera de bambú, cuyos escalones se desmoronaban cuando el hombre subía”.

 

         “Estoy envuelto en un calor intenso que se transforma en dolor. Allí mismo la experiencia es un canto bajo el sol seco. Un sol del desierto, que me hiere como los sufrimientos de Lawrence de Arabia, quien accedió a la pureza. Porque la experiencia fue limpia. Estoy hablando de una poesía ascética. Del éxtasis ante una manera del vacío: la gran transparencia. La página en blanco se ha desvanecido. No tener más. Darle menos. Y transitas hacia otra dimensión. Vale enfatizar que no se trata de un acto intelectual. La experiencia es, en sustancia, física”.

 

          “En la altitud aquella, al lado de mi caballo, las facultades mentales se ponen en acción, definen, condensan y hacen una lectura en ese espacio geométrico. La vivencia no tiene nada que ver con la intelección. La frase de Buda “Lo efímero permanece” refiere la esencia de ese encuentro: tras lo real se encuentra lo real, en todo caso. Para el budista, lo importante es acceder al mayor grado de conciencia, de lo real. Por todo ello, puedo atestiguar que viví realmente las anécdotas, las historias, las fábulas de mis libros --algunos publicados en la gran editorial francesa Gallimard--. El cuerpo, lo físico, es clave en tal percepción. Si a esto te place llamarlo, sin vergüenza, cuarta dimensión, hazlo.”

 

           Le pregunto que si ha formado parte de los ritos. “No, he participado en muchos rituales, pero como voyeur. La visión es mi visión, recargada en la experiencia mística. Esto se opone a lo sistemático, deja sin preguntas al cartesianismo. En cuanto al hinduismo, la realidad es una ilusión; se abrigan con fuerza a la religiosidad. El budista busca la experiencia mística, como en San Juan de la Cruz. Y no pueden eludir transitar por el castigo, la prueba, el dolor, para ser visitados por Dios. Los verdaderos oráculos, y más los que se encuentran en las alturas, entienden que este privilegio se da a través del sufrimiento”. --Y ¿qué persiguen en el éxtasis, en los trances?, le digo--: “Para el budismo hay un doble movimiento: el despertar es equivalente a la intensificación de la conciencia, de la claridad; ‘de la realidad más real’, por decirlo así. No hay oposición, sino unidad de los diferentes, o ‘la unidad de los contrarios’. Debido a ello, habitan la misma zona donde moran las malignidades, las cuales ya están cerca de los seis mil metros de altura y más allá. No se va de la claridad a la oscuridad, como en Occidente, donde la conformación del inconsciente instala una opacidad casi inaccesible. La atención puesta en tal oscuridad trae situaciones conflictivas, esquemáticas. Es difícil pensar, por ejemplo, el canto de un pensamiento. En Oriente, no se podría imaginar ser artista y no filósofo. No hay acción pura, vaya, ni en la física cuántica. Hay un profundo temor a la unidad de los opuestos.”

 

         “Sé que, por la forma, lo que he dicho es simplista, pero apunta hacia ciertos tópicos de Oriente-Occidente. En una imagen sencilla, supongo la alta montaña, a un lado el sol y del otro la luna”.

 

         Le comento que sus palabras podrían implicar una ruptura con sus raíces occidentales. “Tampoco, porque me sitúo en el lado oscuro y en el luminoso de la montaña a un tiempo, como lo hiciera nuestro gran poeta Henri Michaux. Vivo en el conflicto y en la claridad. Me digo que no hay que enraizarse, ni cantar a lo otro”.

 

          Le pregunto sobre su especial pretensión y André responde: “Lo que más deseo es vivir sobre la línea del horizonte. Y esto es tangible. En el punto más alto de la Tierra me tiendo, bocarriba. El Techo del Mundo, que no cubre nada, se abre al cielo en otra luz. Estoy en el horizonte”.

Se toma las rodillas, mira hacia los ventanales del mediodía. Continúa: “Como las bondades más sensibles me vienen del cuerpo, practico el arco y el karate; me acentúan la experiencia física. Pero son disciplinas de honor, de preservación: ante el disparo de la flecha, el blanco eres tú mismo; en el karate, te vences. Ambas artes hacen intensa la realidad de ‘estar presente’ en la horizontalidad. El sentido de la ascensión, la vertical, lo obtienes en la montaña. He escrito en mis libros la experiencia interior de estas prácticas, en especial el de la ascensión al Techo del Mundo”.

 

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