montañismo, montaña, rescate, alpinismo, escalada, rappel, iztaccihuatl, gias montaña, orizaba, nevado

 

Alpinismo

Escalada y Rapel

Rescate

Volcanes de México

Los Alpes

Técnica y Ciencia

Enlaces

 


Expediciones a los Alpes
12 Agosto
RESERVACIONES
 


Diplomado Guía alpino
Inicio: 26 Agosto
RESERVACIONES
 


CURSO DE ALPINISMO
Inicio 8 Marzo
INSCRIPCIONES
 


CURSO ESCALA ROCA
Inicio 8 Marzo
INSCRIPCIONES
 

 

 

 

Regresar a Técnica y Ciencia

La Volcana que Atrapa

Elisa Lipkau Henríquez
 

“Al risco asidos,
por la cuerda unidos,
el paso leve,
cerca percibimos,
de la muerte,
la ruda camarada”.

Arnold Lun
1

El escurridizo humo de tabaco se cuela entre sus heladas sábanas con el primer rayo del amanecer. Al percibir el tan familiar aroma que cobija silenciosamente al puñado de jóvenes sentados sobre sus pies, sabe que “esos chicos no son de aquí”, que han venido de otra tierra, y sin embargo, los ha visto crecer entre sus caderas nevadas y ahora la despiertan con su humo y sus historias día con día. Mientras la mujer se despabila, los jóvenes observan al perenne centinela de piedra, erguido frente a ellos, que conocen tan bien: ¨El Fraile¨ se deja ver por un instante, para luego desaparecer entre las nubes, que en unísona formación emulan los movimientos sinuosos del humo hasta cubrirlo todo. El humo, danzante, se esparce sobre los jóvenes formando un vínculo entre ellos, tan imperceptible como sus propios espíritus, que se reunen diariamente al amanecer sobre la ¨Mujer Dormida¨.

Mi padre, Fernando Lipkau Echeverría vivió en México como exiliado español entre 1943 y 1995. Su espíritu descansa hoy sobre la ¨Mujer Blanca¨.2 Y tal como mi padre, también Hans Guttman, conocido en México como Juan Guzmán, uno de los mejores fotógrafos del siglo XX, eligió voluntariamente descansar en el Iztacíhuatl. Igual que ellos, muchos otros españoles refugiados en México por la Guerra Civil durante los años 40 decidieron que, al morir, sus cenizas fueran esparcidas en los volcanes. Y fue uno de ellos, el doctor Augusto Fernández Guardiola, quien durante una tarde de paella en el jardín de su casa de Cuernavaca, llegó a la conclusión de que todos los amigos del exilio habían de descansar ahí en la ¨Mujer Dormida¨ o bien, como también la llamaban: ¨La Volcana¨.3

Por alguna razón o por muchas, tanto ¨la Volcana¨ como el volcán Popocatépetl, la montaña que humea,4 fueron los sitios más significativos para la comunidad del exilio español en México entre la década de 1940 y 1950. El montañismo fue para ellos mucho más que un ¨deporte¨ como se piensa hoy. Era una actividad que los vinculaba, en tanto comunidad, a una serie de valores culturales, sociales y políticos comunes, y que, por tanto, les daba la posibilidad de compartir emociones y vivencias que los remitían de nuevo a su tierra de la que habían partido, muchos de ellos, casi niños, para vivir desgarrados en una tierra nueva y desconocida. Subir a la montaña les daba la posibilidad de arraigarse voluntariamente a un nuevo locus vivendi. ¨Les permitía encontrar un sentimiento de pertenencia para paliar la nostalgia de esa tierra que habían dejado atrás”.5

Subir a la montaña era mucho más que una aventura novelesca y una prueba de voluntad contra las propias limitaciones, era una forma de demostrar la unión y la fuerza de los españoles refugiados como comunidad política, frente a la animadversión de algunos mexicanos que los despreciaban por obvias razones del pasado colonial y los llamaban ¨gachupines¨. Para los refugiados resultaba insultante ese apodo debido a que los valores republicanos como la libertad, el comunitarismo, la verdadera camaradería, entre otros, los diferenciaban por completo, desde su perspectiva, de los ¨otros¨ inmigrantes españoles, que por razones económicas habían llegado a estas tierras a ¨hacer la América¨ y a quienes los propios refugiados republicanos identificaban como ¨gachupines¨.

Los republicanos vivieron siempre en la contradicción, principalmente en la montaña, de buscar por un lado identificarse con México y pasar inadvertidos entre los nacionales, pero, al mismo tiempo, diferenciarse tanto de los mexicanos, como de aquellos españoles inmigrados por razones económicas.

De hecho, la idea misma de la excursión al campo como una actividad formativa es una idea muy española, de las escuelas que crearon los refugiados republicanos en México. El montañismo era pues una forma de unirse o vincularse entre sí, a través de las tradiciones aprendidas en su tierra de origen.  Caminar por la montaña era para los refugiados una manera de estar en la naturaleza y al mismo tiempo, de estar todos juntos, literalmente ¨amarrados¨ o ¨encordados¨ unos a otros para subir hasta lo más alto.

 En este sentido, a pesar de que los republicanos no llegaron a México como conquistadores sino como refugiados políticos, su espíritu de osadía me recuerda la proeza de los soldados de Hernán Cortés, quienes escalaron casi hasta la cumbre del Popocatépetl para descubrir la causa del humo que emitía, y más simbólicamente, para demostrar a los indígenas que el cerro que humeaba no era un dios, ni un demonio, sino un volcán activo y sulfuroso.

Dice Hernán Cortés en una de sus Cartas de Relación:  

"Que a ocho leguas desta cuidad de Churultecal (es decir de Cholula) están dos sierras muy altas y muy maravillosas, porque en fin de agosto tienen tanta nieve que otra cosa de lo alto dellas sino la nieve se parece; y de la una, que es la más alta, sale muchas veces, así de día como de noche tan grande bulto de humo como una gran casa y sube encima de la sierra hasta las nubes, tan derecho como una vara, que según parece, es tanta la fuerza con que sale, que aunque arriba en la sierra anda siempre muy recio viento, no lo puede torcer; y porque yo siempre he deseado de todas las cosas de esta tierra poder hacer a vuestra alteza muy particular relación, quise desta, que me pareció algo maravillosa, saber el secreto, y envié diez de mis compañeros, […] con algunos naturales de la tierra que los guiasen, y les encomendé mucho procurasen de subir la dicha sierra, y saber el secreto de aquel humo de dónde y cómo salía. Los cuales fueron y trabajaron lo que fue posible por la subir, y jamas pudieron, a causa de la mucha nieve que en la sierra hay, y de muchos torbellinos que de la ceniza que de allí sale andan por la sierra y también porque no pudieron sufrir la gran frialdad que arriba hacía; pero llegaron muy cerca de lo alto y tanto, que estando arriba comenzó a salir aquel humo, y dicen que salía con tanto impetu y ruido, que parecía que toda la sierra se caía abajo, y así, se bajaron, y trujeron mucha nieve y carámbanos para que los viésemos, porque nos parecía cosa muy nueva en estas partes…"6

Me he permitido extenderme en la cita porque demuestra el alto grado de dificultad que implica el ascenso de estos volcanes. Por otro lado, como antecedente histórico, es interesante recordar que en el pasado prehispánico la Sierra Nevada, que incluía ambos volcanes, era sitio de peregrinación y hasta la cima parecen haber llegado fieles y sacerdotes para colocar ofrendas al dios de las aguas y la agricultura: Tlaloc. ¨El culto en las cumbres estaba destinado a propiciar la lluvia, aunque no era el único motivo por el que ascendían litúrgicamente¨.7 Se creía que los cerros, montañas y volcanes eran especie de vasijas llenas de agua. De ahí salían, no solo las aguas de los ríos y las nubes, sino también las fuentes simbólicas de la fertilidad terrestre: todo era obra de los Tlaloques o señores de la lluvia que habitaban las montañas y sus oquedades. ¨El templo mismo (sobre una pirámide) era considerado como un cerro sagrado que cubrían las aguas subterráneas manifiestas a través de los manantiales y cuerpos de agua de las cuevas¨.8 Estas últimas no eran otra cosa sino la puerta de acceso al inframundo, o el reino de los dioses y los espíritus de los antepasados, por las cuales los españoles refugiados en México en el siglo XX transitaban, tal vez sin  imaginarlo.

En los años 40 los refugiados republicanos no subían a los volcanes para dejar ofrendas, pero colocaban placas conmemorativas, banderas o construían albergues. No había en ellos, ¨ateos, gracias a Dios¨, una duda religiosa o una búsqueda mística en la montaña, más que el misticismo de llegar a lo más alto, bien cerca del cielo. Puesto que la Iglesia católica se había aliado al régimen franquista, los refugiados españoles y los republicanos en general, de ideas marxistas, vieron siempre a la religión como el ¨opio del pueblo¨. No creían en dioses dentro ni fuera de la montaña, sino sólo probablemente dentro de ellos mismos.

Creo que esta manera de pensar, esta “ideología nihilista” pudo ser lo que llevó a algunos de ellos a sufrir mucho la hora de su muerte, al aferrarse con desesperación a una vida, a veces ya insoportable, por el terror que les provocaba la idea del ¨más allᨠcomo la ¨nada¨. En ese difícil tránsito no habrían clavijas, ni piolets, ni spikes que los ayudaran a asirse del vacío y por ello, a mi padre y a tantos otros amigos suyos, les fue tan duro “desprenderse” de su vida en la tierra. Tal vez justamente por ello, decidieron que sus cuerpos fueran cremados y sus cenizas esparcidas en la montaña, para nunca tener que despedirse de ella.

A tantos españoles refugiados el montañismo los unió en vida y los une todavía en el más allá.9 Para ellos, subir a la montaña era tal vez incluso una forma de regresar, aunque fuera con la fuerza de la imaginación, al continente europeo con sus fríos y sus nieves, tan ajenos a estas tierras de la Cuenca de México, o incluso a la guerra de España, ya que algunos, como Augusto Fernández, cargaban en la montaña con las mochilas que les otorgó el ejército republicano en el frente. Caminar y ascender a grandes alturas, no solo eran actos de voluntad y camaradería, sino de trabajo en equipo y concentración total en ciertas partes críticas, pero también, de relajado esparcimiento en otras; tiempo para fumar uno que otro cigarrillo en compañía de los amigos.

Ambos, el montañismo y el tabaco fueron en aquella época, sin duda, también ¨modas¨ y actividades o hábitos sumamente estéticos que Juan Guzmán supo retratar de forma magistral. Tal vez la fotografía sea más útil para ello que el cine; dado el carácter muchas veces largo y pesado de las caminatas y los momentos explosivos y sumamente breves de riesgosa ¨aventura¨, como las bajadas a ¨rapel¨ y los saltos sobre acantilados de hielo que podían durar apenas unos segundos; tal como el momento preciso de encender un cigarrillo al llegar a la cumbre.

Todo ello, hacía del montañismo una actividad ideal para fotografíarse, más que para contarse con imágenes en movimiento. La realización de una película sobre esta actividad entre la comunidad de exiliados españoles en México es sin duda un gran reto narrativo, pero las imágenes de Juan Guzmán, si no llegan a contarnos ¨toda la historia¨ del romance de los refugiados con ¨La Volcana¨, sí nos transmiten la emoción y belleza entrañable de aquellas aventuras de jóvenes que no buscaban, en principio, nada más que ¨pasársela bien¨ todos juntos, pero que tal vez pudieron encontrar en aquella experiencia una forma de re-estructurar su identidad en el exilio. 

Hans Guttman, más conocido como Juan Guzmán tenía veintiocho años cuando llegó a México en 1939. De acuerdo con el testimonio de su esposa, Teresa Miranda, había nacido en Colonia, Alemania en 1911.10 El oficio de fotógrafo debió adoptarlo desde muy joven, pues a los 20 años estaba ya en Berlín desarrollando su trabajo como reportero gráfico. Al dejar Alemania a principios de los años 30, por su disconformidad con el régimen nazi, viajó por Europa, Italia, Grecia, hasta llegar en barco a Barcelona en 1936, para entrar en el ejército republicano; como tantos otros extranjeros que apoyaron la lucha del pueblo español contra el fascismo. Es ahí donde al recibir sus papeles españoles con el grado de teniente que le otorgaba el gobierno de la República, obtendría su nombre castellanizado: Juan Guzmán. Tres años después, en 1939, con la victoria franquista, sería apresado por los franceses en su huída de España y recluido, como tantos otros, en un campo de concentración, de donde escaparía para salir en barco hacia Nueva York y de ahí a México viajaría en un tren, vigilado por agentes norteamericanos de migración, por no tener una visa con la cual transitar legalmente por su país. Cualquier similitud con la realidad actual es mera coincidencia.

Juan llegó a México ese año de 1939 y probablemente, mi padre llegaría unos cuatro años después, siendo en 1943 mucho más joven11. Cuando la montaña los unió a través de la fotografía, mi padre tendría apenas 18 años y unos cuantos después, él mismo se convertiría en fotógrafo, tal vez inspirado incluso por quien fue uno de sus más queridos amigos y autor de las imágenes aquí expuestas: Juan Guzmán, quien retrató a la comunidad española en el exilio en muchísimos contextos, pero sobre todo, en la montaña.

El conjunto de fotografías que acompaña este texto es una selección totalmente personal. Son las copias que Juan imprimió para mi padre y por lo tanto, una cosa las une: la figura de “La araña Lipkau”, como le llamaban cariñosamente a papá sus amigos españoles y no españoles, por su habilidad para escalar y su audacia para saltar entre las grietas de los glaciares, pero sobre todo “porque se adhería a la roca como las arañas”.12 Por esta razón, el presente texto no pretende analizar dichas imágenes, sino tan solo utilizarlas como detonadoras de la memoria para revivir algunos momentos de aquella época.

Junto con Augusto Fernández, ya mencionado, muchos otros españoles subían con Lipkau y Juan Guzmán a la montaña, como Joaquina Rodríguez, Neus Espresate, Jimmy Padworth, José Luis Lorenzo, Manolo Martínez ¨El ronco¨, Juan Laguarda, José (Pepín) Carbó y un joven que todos adoraban y murió trágicamente llamado Orfeo Manzanares, así como tantos otros nombres que no vienen a mi mente, porque yo era muy pequeña cuando papá contaba aquellas historias. De todos ellos, muchos aún viven y suben a la montaña. Otros sólo la recuerdan. Unas, como Teresa Miranda, incluso llegaron a sufrirla; tal vez las mujeres siempre la pasaron un poco más ruda que los hombres en aquellos fríos, sobre todo al construir el albergue de las Espinillas en el Iztacíhuatl, también conocido como el “República de Chile”.13 La construcción de dicho albergue demuestra ante todo el profundo espíritu de camaradería de los refugiados republicanos en México, quienes siempre se preocuparon por dejar algo para las generaciones venideras.

El montañismo fue tan popular en aquella época que existía toda una afiliación política e ideológica representada en los distintos clubes de alta montaña. Mi padre y Lenin Zabre fueron miembros de la peña Eugenio Mesón, de carácter comunista, en los años cincuenta. Aunque de acuerdo con Lenin, Fernando parece haber sido muy reservado en sus opiniones políticas, una cosa la tenía bien clara: odiaba a los franquistas y por ello siempre compitió con los famosos ¨hermanos Costa¨, quienes además de montañistas eran miembros del Club España y por lo tanto, leales al régimen de Franco. Cuenta Lenin Zabre:

“Tu papá decía que él quería irse a Moscú con los de la peña Eugenio Mesón, quienes iban a ir para representar a México en los Juegos de las Juventudes Comunistas con su ensamble coral. Entonces me dijo: ¨mira Lenin, nos vamos a Rusia con estos (sic) y ya estando en Moscú, nos les escapamos y nos vamos al Pico Lenin¨. Y yo le dije ¨¿Por qué al Pico Lenin?¨- ¨Porque yo quiero estar a más de 7035 metros de altura y a menos de 28º C bajo cero¨.-Porque había sido la gran hazaña de Luís Costa que había ido al Aconcagua y que [éste] tenía 7035 mtrs de altura y  que había soportado temperaturas de 28º bajo cero, entonces decía Fernando: -¨¡Yo quiero estar más arriba y a menos temperatura!¨- Estaba rabioso con los Costa, pero no decía que porque eran franquistas ni nada de eso, nada, nada: tu papá era hermético para todo eso”.14 

Supongo que al llegar a la cima, después de un muy arduo y pesado camino, labrando los escalones en el hielo, o cargando madera y materiales para construir un albergue, lo único que debía quedarles adentro tras  aquel tremendo esfuerzo, era el inmenso silencio. Aquel inabarcable silencio, que como el

paisaje, los veía impávidos desde las alturas, unidos por una cuerda, por la voluntad y la paciencia, pero también por los innumerables cigarros que  fumaron en aquellas aventuras y cuyas cenizas, quedaron, como las suyas, esparcidas sobre el Iztacíhuatl.

De nuevo, me remito al relato de Lenin Zabre:

“Llegamos al final y era tan emotiva la subida, que ya no lo volvimos a platicar pero, sobre todo en mi caso, yo tenía muchos años soñando esa escalada, habíamos alimentado tantos deseos en una ruta virgen, que no fuera un camino trillado, que cuando supimos que estábamos arriba ya no dijimos nada, nos quedamos callados. Si alguna vez pensé en algún discurso de llegar a la cumbre, para nada, se borró de la mente; habíamos llegado y era todo. Creo que eso es lo que sucede en esos casos. Concretamente, hacía tres años los ingleses habían hecho el Everest y no conocía yo ningún registro de un discurso de Hillary en el momento de llegar a la cumbre. Se queda uno callado. El primer síntoma es de sorpresa, sorpresa con uno mismo, de haber hecho algo que sí deseaba uno hacer pero no creía uno poder hacer y eso te absorbe.”15

Y tal como el silencio y la sorpresa los absorbía, ellos al llegar a la cumbre, absorbían el humo del tabaco. No todos fumaban, pero sí la mayoría. En aquella época no se pensaba que el cigarro fuera tan nocivo para la salud. Se sabía, pero no se pensaba en ello.

 “En aquel entonces el cigarro era para nosotros una recompensa por la hazaña lograda. En el descanso de la cumbre, el humo era el símbolo de unión. Ya no había necesidad de cuerdas para estar enlazados, habíamos llegado y lo que nos integraba a todos era ese humo compartido, tal como la emoción de haber logrado nuestra meta. El silencio era parte de ese premio al llegar a la cima. Era significativo porque había una emoción tal que se hubiese diluido con las palabras. Era una emoción tan plena, que nada se podía decir mejor que el silencio. Cualquier palabra hubiese resultado banal y sin sentido. El silencio y el humo eran lo importante, pues todos estábamos disfrutando el haber llegado. Sin embargo, lo verdaderamente importante no era llegar, sino el descubrimiento de la ruta, la vegetación y seguir con admiración al guía que era tu padre […] Me acuerdo tanto cuando llegamos a la cima del Popo en una de esas excursiones con mi prima Dusita. En las fotos tenemos unas caras de tremendo agotamiento, pero ese  agotamiento refleja a la vez aquella plenitud de la llegada”.16

En lo alto de la cima el humo del cigarro los unía pues en un silencio significativo, un silencio compartido y experimentado en común, tal como el agotamiento físico, que les permitía disfrutar aquel hermoso paisaje plenamente y al mismo tiempo, regresar a través de él a la tierra de la que habían partido, aunque fuera por unos instantes. La montaña es una de esas experiencias que fortalecen internamente. Pero si el cigarro unió a muchos de ellos en su muerte, pues varios debieron sus decesos al tabaquismo, también sin quererlo, el cigarro los unió en la vida y más allá de ella, en la montaña.

Me parece imposible creer que en el silencio de la cumbre o perdidos en aquellas misteriosas cuevas y grietas del ¨Popo¨, no existiese en ellos algún misticismo, alguna idea trascendente que los impulsara hasta tales alturas. Es posible, que a pesar de que ellos no lo supiesen, aquel humo que inhalaban fuese más que la combustión del tabaco. ¿Acaso no era el mismo humo con el que incensaban a los tlaloques en las cuevas hace cientos de años, en esas mismas cuevas que ellos visitaban? Creo que a pesar de sus ideas marxistas, a pesar de su confesado ateísmo, sí existía entre los refugiados españoles un misticismo de la montaña, una ritualidad profunda en aquellas aventuras, puesto que profesaban una intensa fe y, hasta podría decir religiosidad del montañismo, que los impulsaba a realizar semejantes ascensos, con un equipo ahora considerado totalmente rudimentario y muchas veces con sus novias o esposas.

Deseo pensar que al llegar a la cima, tal vez sin darse cuenta, sacralizaban aquellos momentos de plenitud a través del humo del tabaco, tal como los peregrinos prehispánicos y, en la actualidad, los campesinos y ¨trabajadores del temporal¨, también conocidos como ¨graniceros¨, ¨sacralizan¨ en sus ceremonias el espacio y el tiempo ritual a través del humo del tabaco y del incienso que ofrecen a los tlaloques, los señores de las aguas y la lluvia17. Son ellos, los graniceros y los tlaloques, quienes, acaso sin saberlo, se conectan hoy a través del tiempo y y del humo con el espíritu de tantos jóvenes españoles que aún se encuentra vigilante sobre los volcanes nevados. A su vez, la formación rocosa bien conocida por los montañistas como ¨El Fraile¨, en el Iztacíhuatl, frente al cual varios de ellos quisieron que sus cenizas fueran esparcidas, los vigila hoy como eterno centinela.

Así como los hombres de Hernán Cortés que no pudieron llegar al cráter del Popo en su primera expedición, para averiguar el origen de sus columnas de humo, tampoco yo puedo saber con certeza si el humo de aquellos cigarrillos de los amigos de mi padre era el mismo aliento sagrado de los dioses en las cuevas y montes que escalaban, o el incienso de los fieles y peregrinos indígenas. Pero creo que ese humo para los refugiados españoles sin duda llenaba un vacío: un vacío que les dejó a toda esa generación del exilio el haber perdido su tierra, pero sobre todo, el haber ganado otra que por momentos les era ajena, a pesar de ser tan hermosa y blanca, como el cabello de mi viejo.

Mientras la noche va cubriéndolo todo, ¨La Volcana¨ se viste con su blanco camisón de dormir. Al meterse entre las sábanas, de nuevo percibe malhumorada el persistente olor del humo de tabaco de esos jóvenes españoles que aún conversan animados, mientras las nubes en rápida formación, imitando los movimientos sinuosos del humo, lo cubren todo. Al final, sólo queda un pequeño orificio entre ellas, a través del cual, los jóvenes montañistas se despiden cada día de su guardián y centinela: la figura siempre erguida e imponente del ¨Fraile¨ vigila sus sueños de eternidad. Por fin, las nubes lo cubren todo haciendo desaparecer al guardián y entonces, uno de los jóvenes españoles enciende otro cigarrillo.

A Fernando Lipkau Echeverría, Juan Guzmán, Augusto Fernández Guardiola, Jimmy Padworth, José Luis Lorenzo y José (Pepín) Carbó: in memóriam

 

Elisa Lipkau Henríquez18

 

NOTAS
1  Tomado de: Lenin Zabre Ramírez, Ascensiones en Alta Montaña, México, 2000, inédito.
2  Iztacíhuatl: de iztac: adj. Blanco, blanca y ciuatl o  cihuatl: s. Mujer, hembra en general. (Siméon, 1977: p.235, 113)
3  Testimonio de Lenin Zabre Ramírez, México: (Mazatlán, Sinaloa, 1931). Lenin no era español pero fue uno de los mejores montañistas de la época, quien junto con Fernando Lipkau, escaló la ruta Directa al Pecho del Iztacíhuatl labrando escalón por escalón en el hielo, a través de una pared vertical de más de 60 metros de altura, sin ninguna protección, en 1956. Fernando Lipkau registró fotográficamente la legendaria subida, que ningún otro alpinista logró realizar de esta forma, debido a la posterior licuefacción de los glaciares en el Iztacíhuatl.
4 (Ibid: 392)
5 Joaquina Rodríguez, Comunicación personal, México DF, 21-08-08
6 (Hernán Cortés Segunda Carta de Relación, Colección Austral #547, Espasa-Calpe Mexicana S.A., Decimotercera Edición, México, 1990, Página 52.). Como saben los residentes en regiones de clima frío, los carámbanos se forman cuando la fusión de la nieve empieza a gotear hacia abajo de una superficie como el borde de un tejado. Para que crezca un carámbano, debe haber una lámina constante de agua fluyendo sobre él.
7  Montero García, Ismael Arturo, Atlas Arqueológico de la Alta Montaña Mexicana, Secretaria del Medio Ambiente, México, 2002, p. 24
8    Ibid, p.27
9   De acuerdo con Lenin Zabre, no se puede hablar de ¨alpinismo¨ en México sino tan sólo de ¨montañismo¨. Comunicación personal: México DF,  12-07-05.
10  Comunicación telefónica, México DF a 4 de agosto de 2008
11  Fernando Lipkau nace en Barcelona el 18 de agosto de 1925.
12  Joaquina Rodríguez, Comunicación personal, México, 21 de agosto de 2008
13  El albergue fue construído en 1951 por el llamado Grupo de los 100.
14  Comunicación personal: 10/07/08 , México DF
15  Ibidem
16  Comunicación personal, México, 21 de agosto de 2008
17 Los “graniceros” o “trabajadores del teporal” son aquellos especialistas indígenas que trabajan con las lluvias, las heladas, los truenos y en general, todas las manifestaciones de los Tlaloques, a quienes llevan ofrendas en las cuevas y refugios rocosos. Para más información ver: Beatriz Albores y Johanna Broda (coordinadoras), Graniceros, Cosmovisión y meteorología indígenas de Mesoamérica, El Colegio Mexiquense, UNAM, Primera Reimpresión, 2003, 563 pgs.
18 Licenciada en Historia por la UNAM, Maestra en Antropología Visual por la Universidad de Londres, Docente de la Escuela Nacional de Antropología e Historia ENAH donde imparte el Taller de Análisis y Producción de Cine Etnográfico desde 2006
 

Compártelo:  Facebook  Twitter  Google  Yahoo  Blogger  MySpace
dc
                        Menéame  Blogmarks  Technorati  WordPress  Delicious

Regresar a Técnica y Ciencia

La montaña con profesionalidad, estilo y extrema seguridad

 

ItalianTREK® "La Montaña Para Todos" para todos - Todos los derechos reservados 2009